lunes, 20 de octubre de 2008

Lope de Vega: un sobradito en la Corte.



“¿Qué has hecho tú por mi en tantos años, que me obligue a fingir el amor que te he tenido?”
“La Dorotea”, Lope de Vega (1562-1635)

Cuando se le echa un vistazo al Siglo de Oro español y se piensa que tal vez entonces las cosas no debían ser muy diferentes a cómo son hoy, se pierde romanticismo, pero es mucho más divertido porque hay muchas cosas que suenan familiares. Lope de Vega iba de sobrado. Y lo peor de todo es que tenía con qué. 


Durante el Siglo XVI, los consultores, sabios y expertos de la Academia de Madrid, afirmaban que las obras teatrales llevadas a cabo fuera de los parámetros de la Poética de Aristóteles (en realidad, de la re-lectura que le hace Horacio) eran “vulgares” y de “mal gusto”. Una de esas reglas es la de la unidad de tiempo (el tiempo en escena se parece al de verdad, lo que vemos se supone que sucede en unas horas, como mucho un día). Hasta bien entrado el siglo XVIII (dos siglos después) aún es posible ver críticas cultas contra esa “basura” de teatro que se hace en la calle, fuera de las reglas y los muros. Pues lo que hace Lope de Vega en 1609 es ponerles encima de la mesa el manual de “cómo se hace” esa “basura” que está llenando las calles de compañías y público, y se lo hace en verso. Se llama “Arte nuevo de hacer comedias”. Entre los párrafos más sobrados, está aquel que dice “Fácil parece este sujeto, y fácil/fuera para cualquiera de vosotros/que ha escrito menos de ellas, y más sabe/del arte de escribirlas y de todo/que lo que a mi me daña en esta parte es haberlas escrito sin el arte”. Luego, sí, el resto del libro despliega una historia de la comedia en España, de cómo escribirla, estructurarla en tres actos (como en el cine) y olvidarse de esto de la unidad, pero la actitud está en cada página. ¿Por qué no puedo bajar el telón y al subirlo decir que ahora estamos en China y han pasado cinco años? “Por que no es lógico”. No es lógico, pero nosotros llenamos esos vacíos, ponemos el tiempo que hay entre uno y otro. Tal vez no sabemos cómo, ni entendemos el mecanismo, pero lo hacemos cuando contamos historias. Como usamos el lenguaje sin pararnos a pensar como funciona.
Juan Pérez de Montalbán, uno de sus discípulos le atribuye mil ochocientas comedias (equivalentes a los largometrajes) y cuatrocientos autos sacramentales (una pieza de encargo para las iglesias, diálogos conceptuales de arte y ensayo entre, por ejemplo la Fe y el Pecado, cosas así). Por supuesto que la crítica se le ha echado encima: seguro que exageraba. Haciendo sus análisis y sus números, los expertos más estrictos le atribuyen sólo 316 obras. ¿Sólo? 316 comedias todavía son una cifra escalofriante que supera, con mucho, a la producción combinada de las obras de los dramaturgos greco-latinos que conservamos. Aunque sólo fueran 316 (que no lo creo), Lope de Vega inundó una época, un estilo y la explosión de aquel genero fue la de una industria del entretenimiento sin precedentes en España. Y hay de todo, historias de espadachines, históricas, comedias urbanas… El catálogo de argumentos nos refleja unos gustos curiosamente similares al de todas las épocas.
¿Es todo esto un anacronismo? ¿Pensar que la industria del entretenimiento de aquella España se parecía en algo a esto? Tal vez. Pero: ¿hasta que punto no resulta también un anacronismo llamar Siglo de Oro a una época que aquellos que vivían en ella consideraban exactamente lo contrario; de degradación, decadencia? “Autor” por ejemplo, en el siglo de Oro era el nombre del productor, del empresario que dirigía la compañía y buscaba obras de interés para representar. Lope llegó a acostarse una temporada con la hija de uno de los autores más famosos de Madrid. Ella se llamaba Elena Osorio y estaba casada con un actor. El padre, el autor, Jerónimo Velázquez. Fue su productor una larga temporada. La escritura como una extensión de la vida: “Haced vos con mi amor que yo no sienta,/que yo haré con mi pluma que no escriba”. Lo malo es que aquello no fue sólo un episodio de juventud, le marcó la vida, se enamoró de la mujer equivocada. El 29 de diciembre de 1587 Lope de Vega es detenido en el Corral de la Cruz y trasladado a la cárcel de la corte. Un año después era condenado al destierro bajo pena de muerte. El delito, escribir y difundir unos textos injuriosos contra el autor Jerónimo Velásquez (el padre) y el resto de la familia. Elena, tras cinco años de atormentada relación (ella ya estaba casada) lo abandonó definitivamente y Lope arremetió contra todo el clan familiar de “gentes del teatro”. Y 30 años después, cuando revive aquel episodio en una obra deliciosa, no pensada para los escenarios, “La Dorotea” la protagonista es y no es Elena Osorio, pero está allí el mismo nexo; la escritura, la pasión, las mujeres y ese lugar incomprensible llamado España. Desde el que van y vienen las grandes naves de Tarsis. Las que siempre nos llevan o nos traen de otra parte.

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