
“¡Ah! – dije al principito -. Tus recuerdos son bien lindos, pero todavía no he reparado mi avión, no tengo nada para beber y yo también sería feliz si pudiera caminar muy suavemente hacia una fuente”.
El Principito (1937)
No hay nada parecido a Antigua Guatemala, ni en el resto de América, ni en la vieja Europa. El viaje por carretera desde Ciudad de Guatemala, dura apenas 30 minutos, pero el reloj da marcha atrás en el tiempo, hasta 1773. El lugar es hermoso, pero la manera más fácil de asomarse a su espíritu es abrir el capítulo IX de “El Principito”, con ilustraciones originales del autor. “Poseía dos volcanes en actividad. Era muy cómodo para calentar el desayuno de la mañana. Poseía también un volcán extinguido. Pero, como decía el principito, “¡no se sabe nunca!”. Deshollinó, pues, igualmente el volcán extinguido”. “No se sabe nunca” es la expresión que todavía hoy se usa en Antigua Guatemala cuando se alza la vista hasta la cumbre de los 4.000 metros del Volcán de Agua. Durante miles de años, se acumularon millones de metros cúbicos agua en su interior. Hasta que un buen día de 1773, un terremoto abrió las faldas del volcán y toda esa agua, transformada en lodo, inundó la ciudad. Por orden del gobernador, fue abandonada y se fundó una nueva capital en el Valle de la Asunción, la actual ciudad de Guatemala. Pero no todo el mundo se fue y los que se quedaron son responsables de su espectacular estado de conservación. Es la misma Antigua Guatemala que encontró Saint Exupéry (1900-1944), cuando se recuperaba de las heridas del más grave de todos sus accidentes como piloto de aviación.