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lunes, 20 de octubre de 2008

La mala leche de Heráclito.



“Entramos y no entramos en los mismos ríos; somos y no somos”.
Heráclito (544 – 484 a.e.c)

A Heráclito se le llama pre-socrático y es parte de esos filósofos “de antes” de los que sólo quedan fragmentos, como si fueran los trozos de cerámica que sobreviven de un mundo pre-histórico, tosco e inconexo. Para Heráclito el fundamento de todo está en el cambio incesante. Que todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa. “Lo contrario se pone de acuerdo; y de lo diverso la más hermosa armonía, pues todas las cosas se originan en la discordia”. Y la causa que hay detrás de todo es el “logos”, una palabra difícil de traducir y en la que se combinan los sentidos de palabra, razón y pensamiento de una forma inconcreta, casi por aproximación. A veces se ha traducido como otra de esas palabras de sentido difícil: Dios. “La sabiduría es una sola: conocer la razón (logos), por la cual todas las cosas son dirigidas por todas”

Séneca: la coherencia en tiempos difíciles.



“Nada de razón queda donde la pasión ya se ha infundido”
Séneca (4 aec – 65 ec)


Tengo la sospecha de que Séneca tenía algunos serios problemas de carácter, por aquello de que la escritura siempre llena un vacío, el tránsito entre el deseo y su cumplimiento. En otras palabras, por el viejo: “dime de qué presumes y te diré de que careces”. Séneca escribe sobre cómo alcanzar la imperturbabilidad, y como personaje público vive en medio de una época perturbada, la de Calígula y la de Nerón. Quiere llevar una vida guiada por los principios de la razón y de la virtud, y termina metido en medio del irracional y desaforado gobierno de Nerón. Habla de la aceptación del destino que el “logos”, la razón universal, ha determinado para todos, del despego a los bienes materiales, y fue uno de los hombres más ricos de Roma. Pero fue un hombre coherente, y sus obras, aún hoy, son una especie de bálsamo, una guía para navegar por las difíciles aguas de las emociones, escritas por alguien que ya “estuvo allí”. De todos sus tratados morales, el más extenso de todos, en tres libros, es el llamado “Sobre la Ira”: “Más algunos aun encolerizados se frenan y dominan. ¿En qué momento? Cuando ya la ira se desvanece y por ella misma decae, no cuando está en su característica ebullición”. Cuando la ira sólo se disipa, “no se ha aquietado entonces por la benéfica acción de la razón, sino por el sospechoso y tarado armisticio entre las pasiones”.

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