viernes, 2 de abril de 2010

Maimónides: Guía de los perplejos

"Pero, en mi opinión y la de todo hombre sensato, a tales teorías se le puede aplicar: "¿Queréis poder engañarle como se engaña a un hombre?" (Job13,9). Eso es pura mofa"
Maimónides, Guía de los Perplejos, Primera Parte, Capítulo 73.

        El problema fundamental para hablar de Maimónides hoy no es su falta, sino su exceso: sobre su ya de por sí extensa obra, se acumula además casi un milenio de comentarios, debates, biografías, hagiografías, estudios, comentarios críticos… No hay absolutamente nada nuevo que se pueda decir sobre él o a propósito de él que no se haya dicho ya y mucho mejor. Incluso, en contra de él. Además en todas las épocas, su obra “más filosófica”, “La Guía de los Perplejos” ha sido reivindicada por un selecto club de lectores entre los que nos recuerdan las enciclopedias a Tomás de Aquino, Spinoza, Newton o Einstein. Y es objeto de ediciones críticas y tesis doctorales que no dejan de recordarnos que, quien quiera que fuera aquel médico judío de la Edad Media, lo suyo era un asunto muy serio y de extraordinario, aunque minoritario, interés: el acceso al Conocimiento. Yo propongo leerlo como tal vez esté escrito ese libro, o como puede ser leído en uno de sus múltiples niveles: como un gran juego. Como un acertijo gigantesco lo suficientemente serio como para estar cargado de humor. El tema; los límites de la razón. O al menos, los del lenguaje. La conciencia.

        Dice Maimónides al principio del libro que el segundo objetivo a la hora de llevar a cabo esa obra es la de “explicar las alegorías ocultas que encierran los libros proféticos, sin clara evidencia de que lo sean, y que, en cambio, el ignorante o el irreflexivo toman en su sentido externo, sin percatarse del interno”. En cuanto al primer objetivo, es aclarar algunos términos hebreos que permitan al lector perplejo por el “aspecto exterior” de la Torah, por su forma, asomarse a ese sentido más profundo, interno. Leer “La Guía” en clave de juego es leer literalmente lo que dice Maimónides en la introducción, como pista para llegar a ese otro nivel de segunda lectura no declarado. Como hace él mismo a lo largo de todo el libro, llegar a la afirmación por la negación. Seguir las pistas que él mismo deja y las primeras y más simples confirmaciones de que si se siguen sus instrucciones, se puede acceder fácilmente a un nivel de lectura complementario. Respecto a cómo leer el libro, dice Maimónides: “el lenguaje empleado en esta obra no lo ha sido al azar, sino con toda exactitud y extremada precisión, procurando no dejar ningún punto oscuro. Nada se ha dicho fuera de lugar, sino para explicar algo que está en el suyo propio”. Cuando haya algo que no entiendas, presta mucha atención al término con el que se escribe. Maimónides, con su inevitable sentido práctico dice que “pretender enseñar sin alegorías ni enigmas origina oscuridad y restricción verbal equivalentes al uso de las mismas”. Cuánto más claros querramos ser, más confusos resultaremos a no ser que empleemos un ejemplo o propongamos un enigma. Así que la primera pista de esa otra lectura posible y complementaria aparece en la primera página. Al menos, potencialmente. En la cuidada y erudita traducción al castellano del hebraista, lamentablemente fallecido, David Gonzalo Maeso ha traducido las primeras palabras que aparecen en el texto como: 

Mi pensamiento os guiará por la ruta de la verdad, allanando el camino.
Vosotros todos los que andáis errantes por el campo de la doctrina religiosa, venid y seguid por su sendero.
El impuro y el insensato no lo transitarán; se le llamará la vía santa.

         En la primera de sus certeras, breves y eruditas notas nos indica que se trata de una Glosa, una versión a propósito de “Isaías 35,8; 40,3-4;Gn 37,15” que incluye términos o palabras que están presentes en esos versículos. En concreto Isaías 35:8 habla de un “camino de santidad” por el que no pasarán los “impuros”. Pero el poema no parece muy enigmático, sino más bien que suena muy religioso en los mismos términos que asociamos con lo religioso en todas las épocas. En la erudita lectura de Maeso, el hecho de que el número exacto de palabras de ese primer poema sea 26, no tiene en realidad mucho peso en su lectura. Pero lo cierto es que en todas sus obras, Maimónides daba un valor muy claro a la relación entre las letras y los números en la organización de sus obras como una primera puesta en práctica de los dos niveles de lectura que él hace suyos como niveles de escritura. Uno, el literal, dominado por la lógica, las reglas del pensamiento, que son universales pero que fue Aristóteles el que de una forma más clara explicó en forma de reglas. El conocimiento lógico al que se llega por el camino de la demostración. El segundo sentido corresponde a un conocimiento supra-lingüístico, de otro orden, difícilmente expresable en palabras y que por lo general termina adquiriendo la forma de parábola o de cuento cuando se intenta expresar en palabras. 26 es el número del Nombre, Hashem, el Tetagrama. Una de las reglas de la guematría determina que entre dos términos con un mismo valor numérico se establece una relación de sentido. En su traducción, en la que Maeso ha optado por la claridad expositiva y no la sintaxis de la relación entre los números y las letras hebreas, esto no tiene ninguna importancia y utiliza 46 palabras. Que es el valor numérico de, entre otros términos, “terror”. Y, sobre todo de “límite, frontera, separación”. Que está en la etimología más común al término religión. Lo que está desligado, separado, cuando no debería estarlo. Como una oposición entre “fe” y “razón” o “ciencia” y “dios” o algo por el estilo. Y en esa percepción tradicional del término “religioso” hace impensable la mera posibilidad de “La Guía” como un juego, como un desafío que se establece realmente al margen de sus páginas y que no se toma tan en serio. Pero para asomarnos a este segundo nivel de lectura, religioso y críptico, te invito a que no leas re-ligare (unir lo que está separado) si no re-legere: releer. Volvamos al poema.

            El libro fue escrito originalmente en judeo-árabe, que es decir en árabe pero con caracteres hebreos. Este detalle de los caracteres y los idiomas tiene su importancia a la hora de entender el juego en su conjunto. Maimónides escribió el libro por partes y lanzó una maldición sobre todo aquel que lo tradujera en caracteres no hebreos. Bien fuera en lengua árabe, o en hebrea. Por un lado tenía miedo de que cayera en manos de los musulmanes. Sin mencionar a Mahoma por ninguna parte ni dar apenas nombres, consideraba que toda la nueva filosofía anti-filosófica y mística por la que se desarrolla el Islam, no tenía ni pies ni cabeza desde el más estricto sentido común. Pero esta prohibición también tiene un sentido positivo: el de permitir que el texto siga siendo el mismo texto. Al mantener los caracteres del hebreo, con independencia del idioma, se mantiene la unidad entre semántica y sintaxis que en castellano o inglés están necesariamente separadas por la naturaleza misma de las lenguas. Prohíbe que se cambien sus letras para que no deje de decir todo lo que quiere decir y, potencialmente, pueda llevar más allá al lector. A ese otro estado cognitivo que, sin embargo, despacha con una sorprendente rapidez a propósito de la "nueva" filosofía árabe. No se detiene en exceso en la descripción de ninguna visión porque al fin y al cabo el objetivo del libro no es describirlas, sino aproximarse a su aprehensión, su entendimiento. Y no utiliza el criterio de "comparar". Sólo utiliza a los musulmanes y a los filósofos griegos como alegorías lógicas, complejas, de su propio método.  Maimónides tenía una excelente relación con su traductor al hebreo, Ibn Tibbon, y le dio instrucciones muy precisas sobre su primera traducción a la “Lengua Santa”. Y se omitieron algunas cosas. Está es la edición más cercana al original, y es la que utiliza Maeso para su cuidada edición. Pero en ediciones hebreas más modernas se conserva en hebreo el juego original de las 26 palabras iniciales que se revelan más enigmáticas cuanto más literales. La traducción palabra a palabra al castellano sería (entre otras posibles):

Amigo va a enseñar el camino recto allanar su ruta.
¡Oi! Cualquiera extraviado en campo de Torah encontrará un índice mano cargada circular.
Impuro, imbécil no pasará en ella, camino sagrado la llamará.

    En hebreo se invierte el género respecto al castellano: camino es femenino y la persona masculino. Sobre el término “imbécil”, dulcificado en las traducciones, es muy claro. Y en cuanto a ese curioso y muy judaico “Oi”, la traducción es literal. No es un poético “O”, sino que tiene ese toque de humor judío que resuena en la moderna (o más bien eterna) expresión hebrea de “oi va voy”. El otro término importante en el poema es “yiteh’”, de donde proviene extraviado y que permite a Maeso con rotundidad y sin mentir afirmar que se trata de un comentario, una Glosa a Isaías 35:8. Que es la que le da un sentido adicional a este poema, y al que hay al final. Pero que no está en la edición de Maeso porque no aparece en la edición de Ibn Tibbon. Me refiero a esa edición de Jerusalén que refleja lo más literalmente posible en hebreo el original judeo árabe. La última palabra del poema, y, por tanto, del libro es la misma “yiteh”: extraviado. El poema de inicio y el de final apuntan, por el uso de un mismo término, a un mismo versículo que dice de forma literal: “Y habrá allí un camino, que será llamado camino de santidad. Los impuros no pasarán por allí. Los caminantes, hasta los imbéciles, no se extraviarán”. Lo que resulta un poco contradictorio con el sentido literal de la lectura.

      La introducción del libro es áspera y parece estar destinada a desanimar al lector a adentrarse en sus páginas. A hacerte sentir un perfecto ignorante. Empieza por decir que no es de interés ni verdadera utilidad ni para los religiosos, ni para los principiantes. Lo que lo deja a uno un poco perplejo si tiene en cuenta que se supone que es entre los religiosos y los simples lectores curiosos dónde Maimónides puede tener a su lectores potenciales. ¿A quién está destinado entones, a los imbéciles? Pero además aclara que ha desordenado los capítulos y lo que realmente quiere decir está disperso aquí y allá, sin orden aparente: tienes que ser tú el que siga las pistas y encuentre ese orden para tener una visión de conjunto. Es un manual, una guía, pero ni es fácil, ni es clara a propósito porque precisamente lo que quiere, aunque parezca extraño, es transmitir, atraer. En esa misma introducción Maimónides proporciona un “mapa de pistas”; las causas más habituales por las que un autor incurre en contradicciones. Él atribuye las suyas a las tres últimas: las relacionadas con materias complejas, que ha de hacerse de forma gradual para que ese otro nivel de conocimiento se asiente en el lector, en el seguidor de ese perplejo camino de sacralidad y humor. Y además recomienda que en caso de dudas, posiblemente las intenciones de un autor estén recogidas en otra de sus obras y por eso las pase por alto y parezcan contradictorias. Así que la contradicción aparente entre esa aspereza del sentido literal y el tono desenfadado y cariñoso de la segunda lectura en la que se ofrece como un amigo sólo se explican, en sus propios términos, con la expresión talmúdica “atraer con una mano y rechazar con la otra”. Expresión que Maimónides usa en otra de sus grandes obras, de carácter halájico y jurídico: Misné Torah. Que tiene un segundo título relacionado con el poema “Yad Hazaká”, mano fuerte. El término de relación es "Yad", mano, que Maimónides usa muy a menudo.

        Para hablar de ese otro sentido diferente al literal de los textos sagrados, Maimónides utiliza un ejemplo en forma de parábola. Dice que “Nuestros sabios afirman; si uno pierde un siclo o una perla en su casa, con sólo encender una mecha de un óbolo puede encontrar la perla; la alegoría en sí nada vale, pero por medio de ella puedes comprender las palabras de la Torah”. En este caso la vela de poco valor que ilumina un tesoro es la inteligencia y la perla, la sabiduría, el conocimiento: la conciencia. Y añade Maimónides un poco más adelante: “Declara pues el sabio que una palabra empleada en su doble sentido es como manzana de oro en una malla de plata finamente horadada. Observa cómo esta sentencia se aplica perfectamente a una alegoría correcta, pues proclama que el sentido “con dos caras”, a saber, el sentido externo y el interno, debe tener la superficie hermosa como la plata y su interioridad aún más, de manera que esta, comparada con aquella, sea como el oro frente a la plata. Es menester, asimismo, contenga fuera algo que pueda dar idea, a quien lo examina, de lo de dentro, al igual que dicha manzana de oro recubierta de finísimas mallas de plata. Si se la mira de lejos o sin parar mientes, se la cree una manzana de plata; pero el observador fino, al examinarla atentamente, descubre su interior y comprueba que es de oro. Así son las alegorías de los Profetas (Bendita Sea su Memoria)”.
      Hay una lectura literal, real y verdadera en su nivel, que puede realmente quedarse perpleja ante la descripción que hace Maimónides del Universo a partir de Esferas con la Tierra como centro absoluto. O lo que dice al respecto de lo Sub-Lunar. ¿Qué ciencia puede ser esa si no es pre-ciencia? Pero al mismo tiempo sorprende como en ese mismo sentido literal, estrictamente filosófico en los términos con los que uno se matricula de “Filosofía” en una facultad, la filosofía del siglo XX ha llegado a alguno de los mismos lugares que recorre Maimónides, pero por otro camino. En la introducción de “El Ser y El Tiempo” de Martín Heidegger cita a Platón: “Pues evidentemente estáis ya hace mucho familizarizados con lo que queréis decir propiamente cuando usáis la expresión “ente”, mientras que nosotros creíamos antes comprenderla, más ahora nos encontramos perplejos”. La misma palabra, "perplejos", pone a los dos filósofos, Heidegger y Maimónides, frente a la misma cuestión: el ser en los mismos términos que planteaba Aristóteles. Dos mil años de pensamiento y seguimos dándole vueltas a lo mismo. Como mucho, cambiamos las palabras y creamos nuevos vocabularios y nomenclaturas. Extendemos la lista de autores que hay que haber leído para "entender" hasta que nos embrollamos tanto que lo más eficaz es volver a la pregunta, al principio. Que es uno de los sentidos del término hebreo Teshuva, traducido a veces por arrepentimiento. Es Martin Heidegger el que vuelve a plantear que esa pregunta sobre “ser” ha sido relegada, pero no contestada. Y quiere re-formular la pregunta para que tenga sentido, esto es, se de la posibilidad de que tenga una respuesta lógica posible. El impacto de Heidegger aún no ha se ha disipado hoy en esos extraños y minoritarios circuitos del pensamiento, dentro y fuera de las facultades de filosofía. Y puestos a hacer paralelismos, Al-Gazhali precedió al fanatismo Almohade como el pensamiento de Heidegger al nazismo (de hecho, Martin se hizo nazi en un decisión que nadie ha entendido nunca). Pero Heidegger, cuando aún era respetado, se encontró con el mismo límite de todo ser humano al "hacerse entender" y no resultar muy oscuro. De forma inevitable, tiene que utilizar alegorías. Muy parecidas a la de Maimónides y la lírica manzana de oro y plata de los profetas. Pero en alemán, osea, en serio y al grano: "el hacer de forma expresa y de ver a través de ella la pregunta que interroga por el sentido del ser, pide el previo y adecuado análisis de un ente (el "ser ahí") poniendo la mira en su ser". Un círculo vicioso que de alguna manera hay que romper, y Maimónides propone romper de una manera muy concreta diametralmente opuesta a la Heidegger. Pero que en este caso sólo ilustra hasta que punto hombres enfrentados a problemas similares se expresan de manera parecida. Encuentran las mismas imágenes y aluden a los mismos espacios invisibles. ¿Qué significa "encima", "debajo" o "a través" del pensamiento? ¿Con respecto a qué o quién? Y esta no es la única imagen alegórica que aparece en "La Guía de los Perplejos" y luego encontramos, sin conexión alguna con Maimónides, en otros textos filosóficos contemporáneos que hablan de lo mismo, incluso en los mismos términos. Por ejemplo, Maimónides habla de la “moneda falsa” para referirse a como se tomarán su obra aquellos a los que no les guste o no la entiendan. Y es precisamente “La Moneda Falsa” el título del primer volumen de Jacques Derrida sobre el tiempo. El título está sacado de un relato de Balzac que le sirve a Derrida de alegoría para contar otra cosa. Sobre Heidegger, sobre Aristóteles, sobre el Lenguaje, el Tiempo, la Conciencia. Y el dar. Lo mismo de siempre. La visión de Maimónides no es otra que la de un Talmudista, que en definición de Levinas no es una profesión, ni si quiera una actividad, sino que abarca el conjunto de su existencia: “la vida de un talmudista no es sino la renovación incesante de la letra mediante la inteligencia”. Levinas es quizás el más judío de todos aquellos que primero sintieron la asfixia de una idea en las aulas de Heidegger, para años después vivir en carne propia una época de violencia en la que todo el mundo había decidido matarse como una experiencia del ser, como una comprobación de que hay un proceso de causa y consecuencia entre las ideas y lo que después sucede en la práctica con ellas. De un conocimiento a través de la experiencia que renueva la letra e invita a echar un vistazo al Talmud en busca de respuestas. Pero en lo referente a cualquier lectura de Maimónides, en la práctica, “cuando no se es especialista en el Talmud cabe tener sueños allí donde otros tienen ideas”.

        En cuanto a lo del lenguaje, el punto de partida de Maimónides respecto a la importancia de definir los términos antes de definir un problema, Ludwig Wittgenstein lo resume de una forma mucho más directa que Maimónides y sin recurrir a los enigmas: “La Mayor parte de las proposiciones e interrogantes que se han escrito sobre cuestiones filosóficas no son falsas, sino absurdas. De ahí que no podamos dar respuesta en absoluto a interrogantes de este tipo, sino sólo constatar su condición de absurdos”. A lo que añade: “Y no es de extrañar que los más profundos problemas no sean problema alguno”. Puesto que, al fin y al cabo, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. No discutimos sobre el significado de las palabras, sino sobre nuestra opinión sobre las palabras. Por el mapa, no por el territorio. Hay palabras polisémicas, como “ciencia”, que a lo largo de la historia han ido cambiando de sentido sin cambiar de forma. Y todo lo contrario. Cabría preguntarse que lo que se supone que es “La Guía”, una reconciliación entre “fe” y “razón” o entre “Dios” y la “Ciencia” no son más que planteamientos ante los que sólo se puede llegar a conclusiones absurdas, sin sentido porque pertenecen a categorías diferentes. Que definir así la obra refleja al observador y los límites de su lógica, pero que puede no tener nada que ver ni con las intenciones ni con la lógica del autor. Y hay otras palabras que han evolucionado y se han re-combinado para decir lo mismo. En tiempos modernos es precisamente Wittgenstein el que nos lleva de paseo hasta los límites del lenguaje y llega a las mismas conclusiones finales que Maimónides hace casi mil años: “Lo inexpresable, ciertamente, existe, se muestra en lo místico”. Y, sobre todo, dice Wittgenstein, “Mis proposiciones esclarecen porque quien me entiende las reconoce al final como absurdas, cuando a través de ellas – sobre ellas – ha salido fuera de ellas. (Tiene, por así decirlo, que arrojar la escalera después de haber subido por ella). Tiene que superar estas proposiciones; entonces ve correctamente el mundo”. En otras palabras: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”.

    Maimónides propone, a su manera y estilo, un camino para asomarse al otro lado de la escalera, echar un vistazo a ese “fuera de ellas”. Pero Maimónides en el fondo dedica muy poco espacio a describir ese otro orden cognitivo, el del Saber que “puede ser mostrado, pero no dicho” (Wittgenstein). Lo que de forma muy desacertada se podría llamar “iluminación” o vulgarizar como “visión profética”. Maimónides da ejemplos claros y fácilmente comprensibles de los distintos niveles de aprendizaje, de territorios cognitivos. ¿Es lo mismo lo que aprendemos a través de las emociones que lo que aprendemos por medio de demostraciones? ¿No es acaso el dolor en el orden del sentimiento la experiencia más real, como lo es la sabiduría en el orden del conocimiento?  ¿Se piensa igual “en frío” que “en caliente”? Pero Maimónides le dedica apenas unos párrafos a la descripción y definición de ese “otro” estado cognitivo distinto al que se puede expresar con palabras y verificar por medio de proposiciones como “verdadero” o “falso”. Al fin y al cabo no es su problema, sino el de la filosofía musulmana. El Sufismo le dedica una doctrina paralela al Islam y toda una extensa y deslumbrante poética a la descripción de ese estado, o más bien, de lo que se "siente" en ese estado como una forma de reproducirlo. Pero en realidad, Maimónides y los sufíes no están hablando de los mismo. De hecho, el Sufismo es para Maimónides la consecuencia de la que esa "nueva filosofía árabe" es causa. Una filosofía que decidido sepultar la filosofía al eliminar la relación causa/efecto, que es el fundamento de todo pensamiento racional. El Sufismo explora ese territorio liberado de toda lógica y sus producciones poéticas se asemejan a los caminos recorridos por otros poetas, sobre todo indios, y los surrealistas franceses en términos más modernos. A todo esto Maimónides lo considera un ejercicio de la imaginación que no lleva a ninguna parte. Como queriendo decir: "¿Y si de pronto sabes más o te asomas a otra forma de ver el mjndo te vas a quedar ahí sentado escribiendo poemas? ¿no vas a hacer nada?"  Alguien podría decir que en el fondo, los sufíes podrían decir lo mismo de Maimónides y la espiritualidad judía. La rivalidad intelectual entre el Judaísmo y el Mundo Árabe pre y post Islámico es un viejo problema de familia sobre quien inventó qué y quien copió de quien. ¿Por qué podemos decir que aquello de lo que Maimónides habla es más "real" y no un mismo ejercicio de la imaginación que los sufíes, los surrealistas o los iluminados de todo pelaje de cualquier época? Por la puesta en práctica de aquello que Maimónides predica: la aplicación mas estricta de los códigos de la lógica tradicional. “No hay definición en lo que hay demostración, puesto que la demostración incluye la definición”. Como cuando decimos que “2+2 = 4”. Estamos de acuerdo en la idea del número, no necesitamos detenernos para definir qué es el número, y si “2” es sólo un garabato o la expresión de una idea. El "estado cognitivo" del que habla la poética sufista y surrealista es una rima sobre el 4, el resultado de la ecuación y la naturaleza de los números. Maimónides se refiere a la operación ("+", "="); está intentando mostrarnos "cómo funciona" en un sentido "científico". "Sólo hay Ciencia de lo General", se consideraba una definición de la Ciencia en ese momento, como en la Grecia clásica. De manera que Maimónides no pretende que estudiemos otros casos, ni que creemos algunos nuevos: sino permitirnos descubrir los que ya tenemos, lo más cercano. Para hablar de la lectura en varios niveles que revela cuanto más oculta, o al revés, crea un libro que se presta a esos mismos niveles de lectura. Predica con el ejemplo. Y se me ocurre, con permiso de los Jajamin y sin autoridad ninguna, que esta obsesión por crear un libro que parece encerrar una biblioteca completa de significados, es parte de su respuesta, la única posible, a ese entorno musulmán en el que se desarrolló su vida. Como hombre preocupado por los matices, estaba lleno de matices. Y pocas personas en la historia se me ocurren como mejores ejemplos de la distinción entre lo "árabe" y lo "musulmán".

            Maimónides veía lo "árabe" como una extensión en el tiempo de Oriente Medio, cuyo foco había sido la Tierra de Israel. Consideraba el árabe como una evolución, ligeramente corrompida, del hebreo, y por lo tanto le daba categoría de Lengua Santa, sin relación ninguna con el referente islámico, con la religión; en sus propias coordenadas. El desafío intelectual Islámico hacia el Judaísmo no se impuso por la fuerza hasta, precisamente, el preciso arco de tiempo en el que vive Maimónides. Antes de la llegada de los Almohades siempre había habido matanzas de judíos, pero no por motivos religiosos, sino por motivos políticos. Cuando una Comunidad apoyaba a una facción perdedora en una intriga de poder por un emirato, los judíos se llevaban su parte del castigo junto con los perdedores musulmanes y cristianos. La filosofía islámica utiliza de forma muy creativa e inteligente los principios de los clásicos greco-latinos y los combina además con un verdadero tesoro de Civilización: Siria, Persia, Egipto... Territorios de una cultura milenaria de la que el Islam está dispuesto a sacarle todo el jugo. Son además pioneros en los estudios orientales. El primer estudio científico, en términos atropológicos, que se lleva a cabo de la cultura India es árabe y casi un milenio anterior a su equivalente Occidental. Digamos que el tesoro cultural con el que se puso en contacto el Islam desafía los límites de cualquier fantasía literaria. Pero además del hambre por saber y la pasión por el estudio de la naturaleza en busca de sus reglas y mecanismos, el pensamiento islámico trajo consigo algunos prejuicios árabes, que están reflejados en el Corán y los Hadices: que los judíos corrompieron las escrituras, que en realidad adulteraron los textos. Y que el Corán mismo, un libro inimitable, era un evidencia en su forma de su superioridad respecto a la Torah. Aquel desafío intelectual, que los judíos aceptaron en sus mismos términos, nos hace pensar con mucho cuidado en la mutua "influencia" de las ideas "comunes". Porque es más lo que separa que lo que acerca. Y lo mismo se puede decir de la “influencia” de “La Guía de los Perplejos” en el Mundo Cristiano, en Tomás de Aquino. Lo que Aquino le interesa y fascina de Maimónides es precisamente el método, la capacidad extraordinaria para hacer parecer lógico, moderno y de vanguardia, el pensamiento religioso. Y con una utilidad declarada: armar ideológicamente a una nueva generación de cristianos que pueda vencer en debates ideológicos a los judíos, y en menor medida a los musulmanes, en confrontaciones públicas. La generación que sigue a Maimónides, la de la vida judía de nuevo re-conectada en la Gerona de Najmánides, conoce los “duelos” y “desafíos” de los dominicos. Se emplaza a uno o varios rabinos a un debate público. Si los judíos “pierden”, se convertirá. Si no, se podrán ir a casa… hasta la próxima. Najmánides se tuvo que exiliar de Aragón por vapulear a un judío convertido al cristianismo que le desafió a un debate público. En otras ocasiones, además de las obras de Tomás de Aquino, los venerables padres contaban con la ayuda de la prohibición a los judíos de decir nada contrario a la religión cristiana y tener el privilegio de ser los árbitros. Con el Cristianismo sucede lo mismo con el Islam, también lo que separa es más sutil y a la vez más profundo de lo que se asemeja y por un camino u otro aflora en forma de violencia.

          Cuando Maimónides tiene apenas 6 años, un grupo "nuevo" de pensadores islámicos, en nombre de una "Nueva Filosofía" que es anti filosófica, porque está cansada de tanta palabrería, cambia las reglas del juego entre el Judaísmo y el Islam en Al-Andalus. Hasta ese preciso momento los judíos son dimmi, protegidos. Por el pago de un impuesto especial garantizan, entre otras cosas, que bajo ninguna circunstancia sean forzados a convertirse al Islam. Son invitados a hacerlo y desafiados constantemente en los elegantes términos de la discusión teórica para que se conviertan. Pero en ningún caso puede ser por la fuerza o esa conversión es nula en los mismos términos de la Ley Islámica. Y con más razón en Al-Andalus, donde la legislación islámica es Malikí, presupone la existencia de comunidades diferentes y lo único que quiere es que se reconozca que la islámica es la predominante. Pero estos "nuevos" quieren limpiar el Islam, traen una ideología persa, en el actual Irán, que quiere volver a las raíces más puras del Islam y eliminar toda influencia. Rompen las reglas del juego y dan un golpe de muerte a la vida judía en Al-Andalus de la que ya nunca más se recuperará. Es precisamente en vida de Maimónides cuando en España no hay ya ninguna Yeshiva. Sólo poco antes de su muerte los descendientes de los exiliados re-aparecen en Toledo y en Gerona. Seguirá habiendo judíos en el Mundo Árabe,y en Al-Andalus. Pero el centro del mundo judío, y el del mundo, se traslada a Europa de forma irreversible. En vida de Maimónides no queda nada; ni academias, ni grandes nombres: nada. Todo es pasado y decadencia. Y de forma inevitable está necesariamente vinculado a la administración pública islámica por sus notables cualidades. Es el médico personal de Saladino en el momento en que logra vencer a los Cruzados y conquista de nuevo Jerusalén (lo que permite a los judíos volver a la ciudad, que tenían el acceso vedado por los cristianos). Respetaba mucho a los árabes, pero no le tenían ningún cariño al Islam. Algunas de las cosas que dice sobre Mahoma o los adjetivos del vocabulario de Isaías que le dedica no son muy respetuosos. Tampoco se le puede echar en cara: por las buenas o por las malas todo lo relacionado con lo Árabe o el Islam no hizo más que complicarle la vida. Y en su cargo de Rais Al-Yahud, representante de los judíos en el Majles, en la Corte, tenía que estar familiarizado con el Corán, que es el lugar donde de forma inevitable se cruzan la poesía, el arte y el pensamiento árabe como lo hace el pensamiento judío en/por/alrededor/en contra de la Torah. Y, sin ningún temor a afirmarlo, entrevistas sus capacidades no es descabellado pensar que de alguna manera daba su propia respuesta la creación de textos "insuperables", "inimitables", como se dice de El Corán. Hay mucha ironía soterrada al respecto. La posibilidad de un Maimónides que juega y ríe implica la posibilidad de uno que llora; es inevitable. El sendero que delimita la comedia del drama es tan sutil como el que separa las palabras de las cosas. Ese "Oi" de la traducción literal del primer poema se puede leer en el humor, o como aparece reflejado en las Profecías de Isaías, en términos terribles que Maimónides no pudo dejar de experimentar en primera persona. Aquellos en los que se anuncia que "se ha fijado un exterminio" del que "sólo un resto retornarán". Ese "Oi" se puede escuchar como el elemento inesperado de un diálogo cinematográfico, o se puede transformar en "ay" o cualquiera de los sonidos básicos en los que se desgarra el cante jondo. Pero una cosa es plantear la posibilidad de un libro así, y otra distinta es lograrlo. Que exista en otro lugar que no sea la imaginación.
    Borges deseó, o amó, la posibilidad de uno de esos libros meta-escriturales. E imaginó varios. El que más se asemeja a la lectura exterior de una posible y sugerente lectura interior de “La Guía de los Perplejos” es la descripción del libro de Tsui Pen del relato “El Jardín de los Senderos que se bifurcan”. Un cuento policial en el que el verdadero protagonista es un libro escrito por un tal Tsui Pen que se encerró con un doble propósito: construir un laberinto y escribir un libro que sea indistinguible de ese laberinto. Ese libro-laberinto es infinito, cíclico, y en su primera página es idéntico a la última. Pero cuando por fin abren el libro de Tsui Pen, descubren que está lleno de contradicciones, que no hay un orden aparente. Personajes que han muerto en un capítulo reaparecen en otro sin motivo aparente. Y a la luz de todas esas perplejidades, el libro de Tsui Pen deja la posibilidad abierta a caminos que se bifurcan. Lo más parecido en el mundo a real a ese libro imaginado por Borges es, precisamente, “La Guía de los Perplejos”. Hay una lectura literal que nos indica que los dos poemas, con el que se inicia y con el que termina, son diferentes. Y otra, más profunda, que indica que no, que en realidad son el mismo, tratan de expresar lo mismo; lo que a su vez se trata de expresar más allá de Isaías. ¿Cuál es la lectura real y cual la imaginativa? ¿La de la historia crítica de la filosofía o la de esas historias que pretenden encerrar un algo más, en las alegorías que van más allá del lenguaje porque no se toman en serio el lenguaje? Borges al ser preguntado sobre este cuento que sirve de alegoría para el libro de Maimónides, dijo que en realidad lo del libro y la trama policiaca era lo de menos, que lo que quería hacer era una alegoría sobre el tiempo. Aquello según lo que todos los relacionados con el “tema del ser”, desde Aristóteles o Maimónides hasta los filósofos musulmanes, sin olvidar a Heidegger o Derrida en terminos modernos, supone una de las estaciones fundamentales en esa indagación en el ser: definir la naturaleza del tiempo. El libro imaginado y el real, el que podemos leer tal cual es y el que podríamos leer como alegoría, tratan en definitiva de lo mismo. Y son el mismo.

        Si el objetivo real de “La Guía de los Perplejos” era aclarar de acuerdo a la lógica los puntos más oscuros de las Sagradas Escrituras de una forma comprensible para cualquiera, tendremos que estar de acuerdo en que ni el objetivo parece muy realista, ni, de hecho, nunca se ha cumplido. Muy al contrario. Pero si pensamos en los términos de ese otro libro, el de la segunda lectura, que se propone como un juego para mentes inquietas de un maestro en busca de discípulos, habremos de reconocerle a Maimónides uno de los más rotundos éxitos de la historia. Es un perfecto desconocido para el gran público, pero desde hace casi un milenio “La Guía” se ha convertido en el centro de la actividad vital, espiritual o mental de alguien. El caso más excesivo el de Abraham Abulafia. No fue el primero en detectar ese posible “otro nivel” místico que Maimónides había sembrado en una obra aparentemente filosófica, pero es el que más “se pasó” en su aplicación. Hasta el punto de perder la razón y atravesar en varias ocasiones el límite entre la lucidez y el delirio. Pero es una excepción entre sus lectores. Baste echar un vistazo a Amazon.com para asombrarse del volumen de libros dedicados a un viejo tratado medieval y su autor que en la historia de la filosofía no "aporta nada nuevo" ni “resulta original”. Pero sorprendentemente se sigue estudiando y para algunos hombres de ciencia sigue suponiendo un estímulo en la propia búsqueda de sus intuiciones, sus “iluminaciones” racionales. Al margen de esa minoritario público religioso que no ha dejado de leerlo en todo este tiempo. Al menos da para pensar que “algo hay” en ese libro contradictorio. Que no es la obra más filosófica de su autor, sino que se presta a una lectura mística radical. Pero en realidad; ¿tiene algún sentido llamarla mística? ¿No tiene que ser definida en sus propios términos, para su propia esfera de influencia? Se traduce "Kadosh" por Santo y "Kedusha" por Santidad, lo que tiene un sentido completo, por los dos términos presuponen e incluyen las ideas de "separación" y de "altruismo". De separarse con y para los de más. De ser con los demás y adquirir esas responsabilidades de las que habla Levinas. Digamos que la aproximación de Maimónides a la filosofía aristotélica y árabe no es tan simple como una relación de "influencia y préstamo", de "¿quién fue el primero en tener una idea y luego la copió?". Esa separación en un camino que será en el futuro de Kedushá, pero que en el presente no lo es implica en Maimónides un voluntad de ser judío en términos judíos, de "haremos y entenderemos", del desafío que se acepta. Que en prosa filosófica se puede definir con un título de Schopenhauer: "El Mundo como voluntad y representación". La voluntad de ser judío representó en el tiempo un momento que hoy percibimos como una Edad de Oro, pero que era un infierno y no tenía absolutamente nada de envidiable. Y en ese momento, en la práctica y la teoría opta por ese camino de santidad, de separación para los demás y responsabilidad. Y entre otras tareas, delimita claramente cual es su mundo, es decir, su lógica. El modo en que pone en relación los hechos y las consecuencias.

    ¿Quién sabe?  Maimónides también se ocupó de las consencuencias de su lectura y anticipó a todos sus eventuales, aunque minoritarios, lectores. Como maestro y sabio advierte: “No abordes su lectura a través de tus prejuicios, pues yo saldría perjudicado y tú no te beneficiarías; lo procedente es aprender primero lo que importa saber”. “Yo conjuro por Dios (¡Exaltado Sea!) a todos cuantos lean este Tratado que no comenten ni una sola palabra del mismo, ni expliquen a otros sino lo que esta claramente expuesto en los escritos de los doctores más famosos de nuestra Ley que me han precedido. Quien comprenda algo no declarado por nuestros sabios, no deberá enunciarlo a otros, ni tampoco precipitarse a rebatirme; podría ocurrir que lo por él entendido en mis palabras sea precisamente lo contrario que yo insinuara, y me ocasionaría perjuicio a cambio del provecho que yo quise reportarle, “devolviendo así mal por bien””. Lo que abre de nuevo una segunda lectura complementaria. Si era una advertencia literal, no parece haber funcionado: cada día se escribe más sobre él. Si era una invitación, una afirmación por la negación, hay que reconocerle que el método funciona. Aunque no sea ni muy popular, ni muy claro.

  Nos habíamos olvidado del último poema. La traducción de Joel L. Kraemer dice algo así como: “Dios está cerca de cualquiera que lo llama, si le llama sinceramente y sin distracciones. Es encontrado por cada buscador que le busca. Si marcha hacia Él y no se desvía”. En el original el número de palabras es de 19. El mismo valor numérico que palabras como “unión”, “hermandad”, “respirar”, “rescatar”, “confianza”, “esconder” o “ser judío”. Entre otros. Y los dos últimos versos, aunque están escritos en caracteres hebreos, están escritos en lengua árabe. Lo que hace del poema una Moajaca, una canción ligera con un final chispeante. Un género particular de Al-Andalus, donde Maimónides apenas vivió, pero de dónde se llevó su impronta. El número total de palabras, entre el poema hebreo y el final árabe, es de 28. Valor numérico de "dejar perplejo", "Valle de la Visión", "arcilla", "brillo", "chispa", "fuerza", "dorado", "vivir", "querido" o "unión".

1 comentario:

Colombo Maria dijo...

Muchas Grcias excelente este artçiculo!

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