sábado, 22 de mayo de 2010

Cellini: en la mirada de Cosimo


“Había yo comenzado a escribir de mi propia mano esta mi Vida como puede verse en ciertas hojas reunidas; más considerando que perdía demasiado tiempo y pareciéndome una vanidad desmesurada, se me presentó un hijo de Miguel Goro (de la casa Vestri) de la Pieve en Groppine (diócesis de Arezzo), niño de catorce años de edad y de talante enfermizo. Comencé a hacer que escribiese y mientras yo trabajaba con mucha más asiduidad y hacía bastante más obra. Así pues, dejé al antedicho tal carga, la cual espero continuar tan adelante como alcance mi recuerdo”
Benvenuto Cellini (1500-1571). Vida.

             Se suele citar a Oscar Wilde a propósito de Cellini cuando dice que su autobiografía, su “Vida” contada por él mismo, es uno de los pocos libros que merece la pena leer. Pero se suele olvidar que no se publicó por primera vez hasta dos siglos después de que Benvenuto la escribiera. Del mismo modo que se suele asociar la obra de Cellini como artista con una escultura, el Perseo de Florencia, cuando  lo que no pretendió Cellini ser nunca fue un artista. O más exactamente, el artista era su padre y a él le interesaba más lo más concreto; léase, la pasta. Ganar dinero. Y se hizo joyero. O más exactamente, orfebre, una disciplina que incluye la joyería pero que se ramifica en todas las variantes imaginables del trabajo con los metales y que conoció un gran auge en la época en que vivió.

            El padre de Benvenuto estaba obsesionado con la idea de que su hijo fuera músico. Al fin y al cabo, era un hombre de los Medici, y un trabajo de músico de cámara podía suponer para el joven Benvenuto un empleo seguro y de por vida. Pero Benvenuto odiaba la música con toda su alma. Así que lo que cuenta de su infancia en Florencia es un ir y venir entre las clases de música. Y escapadas a los talleres de orfebrería para ofrecerse como aprendiz y aprender el oficio. Ya algo avanzado el relato de su vida, cuando lleva a cabo sus primeros trabajos como “profesional por cuenta propia”, Cellini relata que en cierta ocasión para no perder la cabeza por una clienta, tocar la “maldita música” fue más eficaz que una ducha fría. Era un hombre de mucho temperamento y pasó varias veces por la cárcel y los tribunales, entre otras cosas, por asesinato. O legítima defensa. Como se quiera llamar.
            Cuando era apenas un adolescente, llevó a cabo unos trabajos para una “tienda”, para un taller conocido de Florencia en calidad de lo que hoy podríamos llamar “free lance”. Pero no sólo no le pagaron, sino que se rieron de él. Y Benvenuto, que aprovechó desde su más temprana edad el conocimiento del uso del metal para construir sus propias armas, se presentó en aquella tienda armado y dispuesto a cebarse a puñaladas y tiros con todos los que encontrara hasta que le pagaran. Le acusaron de asalto a mano armada de una joyería. Algunos con los que se enfrentó, luego se convirtieron en sus grandes amigos. Pero a otros, los mandó a la tumba. Cabría preguntarse que pasaría hoy si en el “mercado laboral” de los “trabajadores por cuenta ajena”, los “proveedores” andarán por esas calles con pedazos de acero de cinco palmos colgados a la cintura y armas de fuego para acompañarlas. Porque eso fue Cellini, un autónomo. Fue contemporáneo, amigo y un profundo admirador de Miguel Ángel y su vida se enmarca en el final del Renacimiento. Sus clientes son los reyes y papas que aparecen en los libros de texto. Pero si hay quien considera que todo lo que se puede decir sobre religión ya está dicho en las “Euménides” de Esquilo, todo lo que se puede contar sobre las relaciones “entre clientes y autónomos”, está relatado en la “Vida” de Cellini. En su caso los productos son piezas de metal de altísimo valor, pero “lo que le pasa” con sus clientes lo puede entender cualquiera que se gane la vida por su cuenta. El mundo de Cellini es tan como el de todas las épocas como el de hoy. E incluso había publicidad. O al menos sus efectos. Entre los apasionados y rendidos lectores de Cellini se encuentra Ogilvy, el creador de una de las mayores y más conocidas agencias de publicidad del mundo. Para Ogilvy, el primer anuncio documentado es la carta que le envió el rey de Francia para que acudiera a su corte. “Ven y te cubriré de oro”, le dijo, en lo que Ogilvy considera el “primer copy”. Lo que no deja de ser simbólico, porque Cellini regresó de Francia desplumado y con un nuevo juicio. Esta vez por culpa de otra de sus grandes pasiones: las mujeres. Para terminar de adornar las virtudes del personaje digamos que era profundamente patriota: primero Florencia y después el resto de Italia. A los franceses no los podía ni ver. Con los españoles trató mucho porque no olvidemos que es en ese momento prácticamente la mitad de lo que hoy es la República de Italia era parte de la corona de España. Uno de sus primeros problemas como orfebre lo tuvo, precisamente, con un obispo español que se limita a llamar “el Salamanca”. El obispo español se negó a pagarle por un trabajo realizado porque había tardado mucho. Le dijo que más tardaría él en pagarle. Cellini tuvo la buena fortuna de que un invitado de aquel hombre rompió accidentalmente un mecanismo y la obra volvió a sus manos. La reparó y dijo que cuando se le pagara, la entregaría. El buen obispo mandó hombres armados y Benvenuto los recibió a tiros. Cuando finalmente el obispo accede a pagar, antes de pagarle le quieren hacer firmar un documento en el que diga que ya le han pagado. Aunque contado por él, es mucho más gracioso, suena todo muy hispano y contemporáneo.
            Una de las cosas que hasta sus más feroces críticos han tenido que reconocer del libro es lo entretenidísimo que es. Digamos que es una de esas lecturas que “no paran” y lo que “sigue” es siempre impredecible. Hay guerras, romances, pasiones, delirios místicos. Y hasta un relato de un OVNI sobre Florencia. Por supuesto que no puede faltar el que dice que hay muchos elementos “de fantasía”. Pero yo me cuento entre los que se cree todo lo que cuenta, a pies juntillas. Creo que a aquel hombre le pasó “todo eso”. Y algo más. Que detrás de ese libro de aparentes aventuras hay un manual de formación disimulado y aderezado con historias entretenidas.
            Si nos fijamos en el título final, no dice “Mi Vida” o “Vida de Benvenuto Cellini escrita por él mismo”. Ni siquiera, “La Vida: simplemente “Vida”. Como él mismo dice, en los primeros capítulos hay una parte que empezó él a escribir de su puño y letra. Y es un poco como él temía, muy pesado, con un “algo” de vanidoso. Pero de pronto toma el relevo en la escritura el joven y enfermizo Miguel Goro, de la casa Vestri, de la Pieve en Groppine, de la diócesis de Arezzo. Ese que se la ha presentado allí. En teoría, se dedica a transcribir, pero en la práctica, es el destinatario del cuento, de todo ese gran relato en el que entre las batallas, las anécdotas de clientes y noches de juerga en Roma, hay un mensaje casi machacón e insistente, de maestro a discípulo. Estudia, investiga, haz las cosas bien. Desde el primer momento Cellini dedicó todo lo que ganaba a una doble tarea; por un lado mantener a su familia (su padre al principio, su hermana viuda y sus seis hijas después) y por otro, investigar el arte romano en profundidad. Tal vez con un nivel de profundidad que nadie alcanzara entre sus contemporáneos, ya de por si con mucha tendencia a la erudición. Compraba piezas antiguas a los campesinos (que a veces luego revendía después de dibujarlas o hacerles un molde) o viajaba a las primeras “excavaciones arqueológicas” para estudiar con todo el detalle posible el “arte de los antiguos” en toda su dimensión. De todo esto apenas encontrarás nada en “Vida”; tienes que leer sus otras obras, las “serias”: “El Arte de la Orfebrería”, un doble clásico de la orfebrería y el diseño escrito “para profesionales” y de una calidad y claridad cristalina. Las lecciones de un profesional dadas de la forma más eficaz y clara tras medio siglo de enseñar a otros dibujo, arquitectura y el trabajo con los materiales. En “Vida” lo que encuentras es la otra parte, esas anécdotas que seguramente contó mil veces y sabía que siempre gustaban. Vida está destinado al joven Miguel, y al resto de los componentes del taller, sobre todo los pequeños, los aprendices. En un ejercicio de sacarle aún más el jugo a un libro que no necesita ninguna ayuda ni explicación adicional para encandilar a cualquier lector o no lector, esa dimensión de “dónde lo escribió”, a quien se lo estaba contando, le añade una dimensión de serenidad a un aparente relato de pasiones desbordadas.
            El “taller” o “tienda” es una estructura empresarial que no ha desaparecido porque hasta el momento sigue siendo la más eficaz para ciertas actividades. Desde la joyería, a la moda. La estructura “clásica” o “medieval” de un taller la componen tres categorías. Los aprendices, los oficiales y los maestros; el propietario del taller, aunque no necesariamente. Cellini habla con mucho cariño de sus diversas tiendas, pero lo curioso es que también nos recuerda que la mayoría del tiempo su “obra” prefería hacerla en casa solo. La diferencia entre el taller y el modelo de una empresa, por ejemplo, es que los oficiales (o un aprendiz) hacen sus propios trabajos y sus propias obras, tal vez para otros clientes. En ese caso el taller se queda con el 30%. En el relato de un robo que le hicieron en una de sus tiendas, Cellini describe el taller con más detalle y nos habla de las habitaciones y otras dependencias donde vivían los aprendices y los oficiales. Así que cuando leemos, o, más bien, escuchamos las diversas anécdotas nos las podríamos imaginar casi como fábulas o parábolas, cuentos con intención. Es curioso comprobar como todas las historias sobre “problemas con clientes” están en la misma parte, las relacionadas con “precauciones en los viajes”, en otras. Hay un poco de todo en todas partes y los acontecimientos de su vida son la principal cronología. Pero a veces es como si estuviera respondiendo a una pregunta con una anécdota. Y uno se puede imaginar a todos aquellos chicos y hombres trabajando mientras el viejo cuenta una historia y el joven Miguel Goro la copia. En una descabellada forma de plantear una lectura (que no es más que un juego irrelevante) es como si el viejo Cellini se hubiera propuesto “hacer algo” con ese chico que se le había presentado allí, en calidad de medio inútil y todo aquel libro no fuera otra cosa que el “programa de estudios”. ¿Y qué fue de Miguel Goro? ¿Se hizo artista? Hay unos Vestri chocolateros en Florencia. Pero a mi me gusta imaginar que siguió su destino, que se hizo contable como aprendiz y hombre de negocios como maestro.
            Me gusta imaginarme, sin ningún criterio, que ese mismo Michelle di Goro Vestri es el “jefe” a quien escribe un tal Ser Girolamo di Ser Papino, su agente, desde Canadá. A este Michelle va dirigida una copia del Libro de Débitos y Créditos que le envía desde Terranova. El libro de cuentas está depositado en la librería de Pennsylvania y fue catalogado en 1971, en el que sería el IV Centenario de la muerte de Cellini. No es descabellado pensar que era él si se tiene el cuenta que Terranova la descubrió para el Reino Unido John Cabot, es decir, Giovanni Caboto, de Génova. Y que fue en Canadá donde los italianos pudieron establecerse en América ante la prohibición tácita de España de comerciar con las Indias para evitar lo que les había pasado en el Mediterráneo: que los comerciantes italianos se quedaron con todo. Sólo hay un detalle casi irrelevante que me invita a imaginar que aquel “curso de vida” de Cellini en píldoras funcionó y aquel joven Miguel es el mismo veterano al que rinde cuentas su agente: el libro de cuentas en sí. No es papel, es Vellum, pergamino animal. Caro, con estilo, pero lo más duradero y eficaz para una travesía marítima. El único vestigio, digamos, “artístico” de Michelle, porque probablemente no tenía absolutamente ningún talento para el arte. A lo mejor es a eso a lo que quería enseñar Benvenuto a Michele, a que se ganara la vida con lo que le gustaba, que en aquel caso era el dinero, como a él mismo le había sucedido de niño cuando decidió no ser artista. Y que debía ser una de las mayores motivaciones de los aprendices que a veces se escapaban de casa para aprender un oficio con el que hacerse ricos. A lo mejor por eso al principio ocupan tanto espacio los relatos de cobro de deudas, de trato con los clientes, y poco a poco van pasando a un segundo plano para contar otras cosas.
Cellini se atreve a decir de Miguel Angel, al que admiraba profundamente, que la Capilla Sixtina estaba muy lejos de ser lo mejor de él. Cuando estaba en Roma, Benvenuto se marchaba allí para dibujar y entonces era conocida como “La Capilla de Miguel Angel”. Benvenuto dice que lo mejor que Miguel Ángel y Da Vinci pintaron, lo hicieron compitiendo el uno contra el otro por ser el fresco elegido para el Consejo del Palacio de la Señoría, lo que hoy se llama el Palazzo Vecchio de Florencia y constituye una de sus estampas turísticas más conocidas de la ciudad. La historia es un poco más compleja de cómo la cuenta Cellini y en la práctica lo que ambas obras tienen en común es que nunca se llevaron a cabo. El cuadro de Miguel Angel representa la Batalla de Cascina y refleja el momento en que los florentinos se bañan desnudos en el río y son sorprendidos por el ataque de los pisanos. La obra se llevó a cabo. Pero Miguel Angel estaba experimentando con una nueva técnica al óleo y el cuadro se escurrió después de pintarlo. No le apetecía repintarlo, abandonó la obra y se marchó a Roma por un trabajo mejor. Así que en la práctica, aquella obra tuvo poco tiempo de vida. Mientras que la propuesta de Da Vinci representa la Batalla de Arghiani. De lo que habla Cellini es de los cartones, de las “maquetas” de “como quedaría” el cuadro si llegara a hacerse. También hoy están perdidas y lo único que queda es una copia del cartón de Miguel Ángel y otra del de Leonardo obra de Rubens. Lo que tiene de valor en los dos casos es precisamente que son sobre todo “estudios”, obras de conocimiento. El de Miguel Ángel, es una enciclopedia del cuerpo humano. El de Leonardo, de la interacción de los hombres y los caballos. Esos dos cartones nunca realizados como obras acabadas en la práctica fueron una escuela para una generación y más que sus copias más o menos fiables, son las palabras de Cellini lo que mejor evocan esas imágenes perdidas. Y dice Cellini de Miguel Angel y Da Vinci respecto a esas dos obras nunca hechas: “Mientras estuvieron en pie, fueron ellos la escuela del mundo. Y aunque después el divino Miguel Ángel hizo la gran capilla del Papa Julio (Sixtina), no alcanzó jamás a la mitad de aquella excelsitud; su virtud jamás añadió después nada a la fuerza de aquellos primeros trabajos”. Un poco podría decirse de él y de la gran obra con la que se le asocia, el Perseo. Una escultura que representa a Perseo con la cabeza de medusa en la mano.
En el libro, la construcción de ese estatua es posiblemente una de las partes más apasionadas del relato. No es difícil imaginar a todo el mundo en silencio en el taller, escuchando al viejo. No lo dice, pero aquel encargo para él, en aquel momento de su vida, era algo así como la inevitable obligación de hacer una obra maestra a alguien que había huido a conciencia de ese tipo de cosas. El relato de “cómo se hizo el Perseo” parece más bien el relato de Prometeo. Una aventura entre metales, fuego, pesos e ideas. De superación de toda dificultad. Pero si observamos con atención la estatua, esa su “gran” obra, se advierte el esfuerzo. Es un pieza soberbia, pero destila cierta rigidez. No “parece fácil”.
Benvenuto no murió pobre y abandonado, ni menos aun, olvidado. Su entierro fue una de esas ocasiones en que se trataba de reparar las injusticias que tal vez se cometieron en los pasillos de las cortes contra él, una especie de reconocimiento público de amigos y enemigos por la pérdida de un hombre al que sólo se podía medir en relación a sí mismo. Cosme de Medici, el hombre de hierro que hizo que los Medici fueran otra vez quienes eran y colocó a Florencia de nuevo en el mapa de Italia, lo nombró miembro de su recién creada Academia del Diseño. Hay una obra dedicada a este mismo Cosme, entre las menores, en las que me gusta ver ese impacto de “Vida” transformado en obras materiales. Hay un busto de Cosme en bronce que es soberbio, y una versión en mármol que podría pasar por un estudio previo que, como escultura, es realmente sorprendente. Se atribuye a su taller y no a él directamente. Pero me inclino (sin otro fundamento que el deseo, claro) a pensar que algo tuvo que ver en persona. Si en algo era Benvenuto muy celoso, e insiste entre líneas en toda la “Vida” es en la presentación de los trabajos. ¿Y no eran otra cosa esos dos cartones de Miguel Angel y Leonardo que tanto admiraba sino presentaciones? Si, por ejemplo, Cellini iba a presentar una joya o una pieza, además del dibujo llevaba una réplica en cera, lo más parecida a lo que iba a ser la pieza en metal posible. En esa época, pese a los honores públicos que le dedicaba, las relaciones con Cosme no eran nada fáciles. Es lógico que Benvenuto se preocupara especialmente en mostrar como iba a ser el busto final en bronce y que no hubiera luego sorpresas. Pero aunque él no la hubiera tocado y esa pieza previa fuera, como dicen, parte de su taller, demuestra al menos que “algo hubo” de esa “tarea de formación” en un relato aparentemente lleno de historias de pendencias y muy, muy mala vida. Una de esas imposibles evidencias que dan verdad a esa historia, que muestra que no miente cuando dice que dedicaba todo lo que tenía al estudio del arte antiguo y que el motivo de hacer aquello de “Vida” era que le ayudaba a concentrarse en el trabajo. ¿Por qué iba a mentir en lo demás?

Si colocáramos ese busto de Cosme I junto a los de Caracalla o, Cómodo hay muchas personas que considerarían que se hicieron en la misma época, que es decir en la roma de hace 19 siglos. La capacidad de imitar modelos que ya existen es loable y da una idea de un nivel de acabado muy exquisito de aquel taller. Y la fidelidad entre el “estudio en mármol” y el trabajo final en bronce no hacen otra cosa que confirmar esa preocupación de Cellini de presentar algo “lo más parecido a como quedará” que sea posible. El detalle, lo que marca la diferencia, son los ojos. El modo en que está reflejada esa mirada de Cosimo, lo que transmite la sensación de vitalidad al conjunto, en las dos obras. Esa preocupación por captar la mirada está presente en toda la escultura clásica. Pero aquí hay una “forma Cellini” de hacerlo que trasciende la copia y la imitación y es de una especial intensidad. En piedra y en bronce, se congela la vitalidad de una mirada, lo que implica una capacidad: la de mirar, la de ver. Y en este caso menor de su extensa y muy exquisita obra, Cellini simula con una efectividad sorprendente algo que al final se convirtió en el título de una obra que nunca estuvo destinada a ser publicada: vida. A secas.

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