martes, 28 de octubre de 2008

Arthur Miller: bájate de la nevera.



“Aspira a tocar las nubes encaramándose en un frigorífico y saludar a la luna con el recibo del último plazo de la hipoteca”.

Arthur Milller (1915 - 2005)

La primera vez que leí “La Muerte de un viajante”, cerré el libro por la última página y lo volví a abrir por la primera. Desde entonces, de tanto en cuando, lo leo de una sentada. Pero el efecto es el mismo de lo que sucede con el tabaco, los dulces y cualquier adicción: estás intentando recordar la imprensión de aquella primera vez. Pero ya nunca es tan intenso. Es un sustituto por repetición, pero la intensidad de la primera impresión, no se repite nunca.

Cuenta Miller mismo que al final de la primera representación, en 1949, el público se quedó en el teatro. No se fueron. Se levantaban, daban un corto paseo, pero permanecían al lado de los asientos sin saber muy bien qué tenían que hacer. El presidente de una gran compañía, que había asistido al estreno, pidió a sus ayudantes que revisaran todos y cada uno de los contratos de personas mayores de cincuenta años; no quería ser el responsable de otro Willy Loman, el protagonista. Un vendedor, ya mayor, que no vende, que lentamente se va quedando sin trabajo, sin vida, y trata de venderse que todo sigue igual, que es un bache momentáneo, que los buenos tiempos del pasado, van a volver. Pero a nadie le importa, sólo es un viejo que ya no puede hacer nada. Y como descubres en la obra, el pasado no fue dorado, y toda la familia, su mujer, los dos hijos, forman un conjunto desgraciado, ni siquiera patético, de jóvenes educados para comerse el mundo convertidos en treinta añeros incapaces de sacar adelante su vida. A menudo se dice que “La Muerte de un Viajante” es una crítica al sueño americano, lo que resulta totalmente cierto, pero tiene un sentido más amplio. Porque también para el sueño español, para el sueño francés y, en general, toda una mentalidad que etiquetamos como “americana” para denominar sus efectos más perniciosos. Willy Loman es un hijo de la mentalidad de la corporación, hoy extendido por todo el mundo. Pero su obsesión no es muy diferente de la del español que sueña con dar un pelotazo inmobiliario, o del que hoy sueña con crear algo diferente y exitoso en Internet. Justificar el hoy, en nombre del mañana, lo que somos, en nombre de lo que seremos. Y el resultado, al final del camino, es demoledor porque revela una causa, el temor al anonimato. Tras ser despedido definitivamente, Loman se estrella con su coche para que la familia pueda cobrar su seguro de vida y su hijo tenga una vida mejor que la suya. Su aspiración, como dice Miller, es universal: “Y no simplemente en calidad de tipo, sino a causa de lo que ambicionaba. Que era sobresalir, salir del anonimato y la insignificancia, amar y ser amado, y sobre todo, acaso, valer. Cuando exclama: “¡Yo no soy un cualquiera! ¡Soy Willy Loman y tú eres Biff Loman!”, el grito es casi un pronunciamiento revolucionario”.
Como Miller cuenta en una de sus mejores obras, su autobiografía (“Timebends”, 1998), que el éxito de “La muerte de un viajante” le agarró por sorpresa. En la década de 1970, Miller quedó relegado a la categoría de clásico en vida, lo que es decir, que ya no estrenaba obras con éxito y sólo se esperaba de él lo que más se le criticaba, su carácter moralizador de viejo referente de la izquierda americana. Y él mismo se ríe de su lado más moralista, sermoneador y “comprometido”. Después del estreno de “Todos eran mis hijos” (1947), que le supuso el primer reconocimiento de la crítica y el público, pensó que sus días se habían acabado, que nunca escribiría nada mejor. Al año siguiente escribe “La muerte de un viajante”. No a partir del material recopilado por todo el mundo, ni en las asambleas y los sindicatos, sino a partir del recuerdo de una familia de vecinos, de un recuerdo de infancia y adolescencia. “La Muerte de un Viajante”, además, le puso en una situación en la que no había pensado: le hizo rico. Atormentado por la culpa de una cuenta corriente que crecía y crecía sin que él tuviera que hacer nada, Miller se fue de nuevo al puerto, a trabajar como estibador, como había hecho durante algunas temporadas y refleja en la durísima “Panorama desde el puente” (1955). Y en seguida se dio cuenta de que estaba haciendo el ridículo.
Su vida, y su obra, también están claramente delineadas por sus tres mujeres. Mary Slattery, su novia desde los días del colegio, hija de un vendedor de seguros. Tuvieron dos hijos, Jane y Robert y se divorciaron en 1956, cuando Miller se metió en un tórrido romance con Marilyn Monroe. Se casaron ese mismo año, y estuvieron juntos casi cinco, hasta 1961. El mismo año en que se estrena la penúltima película de Marilyn, “The Misfits”. Miller le escribió el guión y Houston la dirigió. Tres años después, cuando ella ya ha muerto, estrena “Después de la caída” (1964) donde el personaje de Maggie, sofocante y autodestructiva, es Marilyn misma. Pero tampoco estuvo mucho tiempo solo; se separa en el 62 y se casa de nuevo con la fotógrafa de prensa Inge Morath. Estuvieron juntos hasta el final de sus vidas; ella en 2002 y él en 2005. Tuvieron dos hijos, el segundo nació con síndrome de Down y fue internado en cuestión de días en una institución pública. Tiraron la llave y se olvidaron de él, sólo aparece en el testamento, junto a sus hermanos. Miller jamás hablaba de este hijo, y dada su tendencia moralizadora y su etiqueta de conciencia moral contra la deshumanización de la sociedad americana, le restó credibilidad. Pero quien sabe lo que les pasó por la cabeza. Como dice Willy Loman en la obra: “Supongo que siempre he tratado de pensar de otra manera. Siempre he tenido la sensación de que si un hombre impresiona y agrada, entonces nada…”.

No hay comentarios:

Archivo del blog