Sócrates: ¿Tienes ya algo?
Estrepsíades: : Por Zeus, no tengo nada.
Sócrates: ¿Nada en absoluto?
Estrepsíades: Nada, a no ser el cipote en mi mano derecha.
(“Las Nubes”, Aristófanes, -423)
1. Nos recuerda que siempre hemos sido igual.
Para los que se imaginen a los griegos con una lira y una corona de Laurel, recitando poemas y arrodillándose en la tierra cuando suena un trueno, ayuda a recordar que la mayoría de las cosas con las que nos han aburrido en el colegio y en la universidad no eran muy diferentes hace tres mil años que ahora. A Pericles, el nombre que no falta en cualquier discursito sobre la democracia, le acusaron de meter la mano en la lata en la adjudicación de obras públicas, al darle la licencia de una estatua de Palas Atenea a un amigo. Toda lo que pensamos sobre los “bárbaros” del Oriente procede de un discurso de Pericles que dio para justificar un pequeño robo. Varias ciudades griegas crearon una liga para pelear contra los Persas. Pericles cogió el dinero, se hizo la Acrópolis y luego, cuando le reclamaron las cuentas, se pasó a todos por la piedra con la misma flota que habían pagado. Y dio un discurso contra los Persas que ha pasado a la posteridad y que es, básicamente, donde los griegos se auto-venden como representantes de la Civilización y la Razón.