martes, 28 de octubre de 2008

Arthur Miller: bájate de la nevera.



“Aspira a tocar las nubes encaramándose en un frigorífico y saludar a la luna con el recibo del último plazo de la hipoteca”.

Arthur Milller (1915 - 2005)

La primera vez que leí “La Muerte de un viajante”, cerré el libro por la última página y lo volví a abrir por la primera. Desde entonces, de tanto en cuando, lo leo de una sentada. Pero el efecto es el mismo de lo que sucede con el tabaco, los dulces y cualquier adicción: estás intentando recordar la imprensión de aquella primera vez. Pero ya nunca es tan intenso. Es un sustituto por repetición, pero la intensidad de la primera impresión, no se repite nunca.

domingo, 26 de octubre de 2008

Plauto: no se vayan todavía, que aún hay más.



“Plauto os pide un reducidísimo lugar dentro de vuestras magnas y magníficas murallas donde levantar Atenas sin arquitectos. Entonces ¿qué? ¿Me lo vais a dar o no?”

Plauto (254 – 184 aec)

Creo que si Plauto hubiera nacido hoy hubiera sido productor de cine o, quien sabe, constructor. Toda su obra parece la consecuencia de una leyenda según la cual, termino empujando la piedra de un molino para pagar las deudas de un mal negocio. Nació en los revueltos tiempos de la Segunda Guerra Púnica, esos días en que Roma empieza a ser Roma. Los que le añaden eficacia y codicia a los métodos griegos y se convirtieron en algo que Europa lleva queriendo reinventar desde hace 1700 años. La Roma que pasó sobre todas partes como un rodillo, que unificó territorios y envió al olvido a un buen número de lenguas. Y eso es lo curioso, que en estos años en que Roma se hace Roma no es el latín lo que se propaga: es el griego. Y eso ayuda a entender un poco mejor la dimensión más comercial de Plauto.

viernes, 24 de octubre de 2008

Fray Luis de León: que es del Rey Salomón.



“Qual entre las espinas es la rosa/ tal entre las doncellas es mi amada”.
"Cantar de los Cantares". Versión de fray Luis en octava rima.


Fray Luis de León (1528 – 1591) se pasó cuatro años en la cárcel (1572-1576) acusado de criticar el texto de la traducción oficial de la Iglesia Católica de la Biblia al latín, la Vulgata de Jerónimo, preferir el original hebreo, y traducir algunos de sus libros al castellano. Acusaciones que de forma poco velada hacían pesar sobre él la sombra de “judaizante”. Las dos primeras acusaciones eran absolutamente ciertas, y nunca las negó. En cuanto a la tercera, el peso de los orígenes judíos de parte de la familia de su madre como motivo de su preferencia y dominio del hebreo, no sólo es insustancial, sino que perpetúa cuatro siglos la cortina de humo que los venerables padres dominicos utilizaron como pretexto para arrinconarlo y llevarlo hasta un tribunal que pensaban que era suyo: la Inquisición.

jueves, 23 de octubre de 2008

El Principito y una señora de Antigua.



“¡Ah! – dije al principito -. Tus recuerdos son bien lindos, pero todavía no he reparado mi avión, no tengo nada para beber y yo también sería feliz si pudiera caminar muy suavemente hacia una fuente”.
El Principito (1937)

No hay nada parecido a Antigua Guatemala, ni en el resto de América, ni en la vieja Europa. El viaje por carretera desde Ciudad de Guatemala, dura apenas 30 minutos, pero el reloj da marcha atrás en el tiempo, hasta 1773. El lugar es hermoso, pero la manera más fácil de asomarse a su espíritu es abrir el capítulo IX de “El Principito”, con ilustraciones originales del autor. “Poseía dos volcanes en actividad. Era muy cómodo para calentar el desayuno de la mañana. Poseía también un volcán extinguido. Pero, como decía el principito, “¡no se sabe nunca!”. Deshollinó, pues, igualmente el volcán extinguido”. “No se sabe nunca” es la expresión que todavía hoy se usa en Antigua Guatemala cuando se alza la vista hasta la cumbre de los 4.000 metros del Volcán de Agua. Durante miles de años, se acumularon millones de metros cúbicos agua en su interior. Hasta que un buen día de 1773, un terremoto abrió las faldas del volcán y toda esa agua, transformada en lodo, inundó la ciudad. Por orden del gobernador, fue abandonada y se fundó una nueva capital en el Valle de la Asunción, la actual ciudad de Guatemala. Pero no todo el mundo se fue y los que se quedaron son responsables de su espectacular estado de conservación. Es la misma Antigua Guatemala que encontró Saint Exupéry (1900-1944), cuando se recuperaba de las heridas del más grave de todos sus accidentes como piloto de aviación.

Jenofonte: el otro chico de Sócrates.



“Jenofonte, sin embargo, después de haber leído su carta, consultó con Sócrates de Atenas (su maestro) sobre el viaje. Y Sócrates, pensando que no fuera expuesto a la censura de sus conciudadanos si llegaba a ser amigo de Ciro, porque parecía que Ciro había ayudado con entusiasmo a los lacedemonios en la guerra contra Atenas, aconsejó a Jenofonte que fuera a Delfos a consultar al dios acerca del viaje”.
Jenofonte, “Anábasis” (-401)


Sócrates tuvo muchos discípulos. Jenofonte (431-354 a.e.c) era ligeramente mayor que Platón y murió diez años después. Es muy conocido el diálogo “El Banquete” de Platón. Jenofonte escribió otro “Banquete” que es casi idéntico, salvo por un detalle: Platón reivindica el amor entre hombres, y Jenofonte hace una defensa a ultranza del amor con las mujeres. Pero los dos tenían en común esa admiración por la “mano dura” y el rigor militar que llevó a Platón a ser consejero de un tirano, Dionisio I de Siracusa. Sus “enseñanzas” están recogidas en un libro que es uno de esos ladrillos del edificio de ideas de Occidente: “La República”. Un manual perfecto para una dictadura militar. En otras palabras, el bando de los pensadores fundacionales de Occidente era bastante fachilla. Se suele decir en estos casos que aplicarles una analogía política es un anacronismo, juzgar el pasado con los ojos del presente. Pero es que de todo el mundo antiguo eran, precisamente, los griegos los únicos que tenían democracia y el bando de los pensadores se opuso en masa a ella. 

martes, 21 de octubre de 2008

William Shakespeare: autor teatral.


“Naturaleza erguida dirá: "Ese fue un hombre... ¿Cuándo viene otro?”
William Shakespeare (1564-1616)

La expresión “el hombre de Strafford” es el modo con el que generalmente se refiere un cada vez mayor número de personas para denominar al hombre que con el nombre de William Shakespeare fue bautizado en Stratford-upon-Avon en abril de 1564, se casó con 18 años con una mujer 8 años mayor que él, Anne Hathaway, con quien tuvo tres hijos y no se llevaba muy bien. El hombre que murió el mismo mes que había nacido, abril, en el mismo lugar, Strafford, en 1616, poco antes de cumplir los 52 años. Se retiró y se dedicó a disfrutar de las propiedades que había adquirido. Ese Shakespeare del que se duda que sea Shakespeare porque no han quedado de él ni manuscritos, ni notas. Sólo un puñado de documentos de índole mercantil y judicial que unos grafólogos atribuyeron a “un hombre de nivel académico insuficiente”. Si Shakespeare no escribió sus obras. Entonces, ¿quién? La lista de candidatos es larguísima, pero me quedo con tres nombres. Sir Francis Bacon, Edward de Vere, conde de Oxford y Sir Henry Neville (este nombre es el más reciente, fruto de un trabajo de investigación de Brenda James y William D. Rubinstein). Los que niegan que Shakespeare fuera Shakespeare suelen llamarse “anti-Straffordianos” y llaman “Strafordianos” a los que no opinan como ellos. 

lunes, 20 de octubre de 2008

Terencio: por libre.



Mi querido Pánfilo, ves su hermosura y edad, y no se te oculta qué inútiles le son ahora para guardar su honestidad y sus bienes”.
Terencio, (-204 -169)

A Terencio las cosas no le debieron resultar muy fáciles. Es el único autor teatral clásico del que se conserva toda su obra (6 comedias) y hasta una biografía completa escrita por Suetonio. Pero cada una de esas líneas, las que escribe y sobre las que él se escriben, son producto de una voluntad de ser. No se llamaba ni Publio, ni Terencio. Esos dos nombres se los dio su amo, el Senador romano que al ver sus cualidades le dio la libertad y una formación esmerada. La mayoría le conoció por “afro”, el africano, el negro, porque allí había nacido, en África. Según Suetonio era bereber, que no es decir mucho porque esa palabra no significa otra cosa que “bárbaro”. Demasiadas cosas en contra para ser mirado como un igual por la aristocracia romana (y de todos los tiempos). Pero Terencio tiene el curioso record de ser el autor que más dinero recaudó con una obra en Roma. Su última composición, “Los Hermanos” fue un super-éxito de taquilla; de tal magnitud que sus ecos nos llegan hasta hoy. ¿Cómo hizo el moro/negro/liberto para lograr algo así? Pues como todos, lo que pudo.

La mala leche de Heráclito.



“Entramos y no entramos en los mismos ríos; somos y no somos”.
Heráclito (544 – 484 a.e.c)

A Heráclito se le llama pre-socrático y es parte de esos filósofos “de antes” de los que sólo quedan fragmentos, como si fueran los trozos de cerámica que sobreviven de un mundo pre-histórico, tosco e inconexo. Para Heráclito el fundamento de todo está en el cambio incesante. Que todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa. “Lo contrario se pone de acuerdo; y de lo diverso la más hermosa armonía, pues todas las cosas se originan en la discordia”. Y la causa que hay detrás de todo es el “logos”, una palabra difícil de traducir y en la que se combinan los sentidos de palabra, razón y pensamiento de una forma inconcreta, casi por aproximación. A veces se ha traducido como otra de esas palabras de sentido difícil: Dios. “La sabiduría es una sola: conocer la razón (logos), por la cual todas las cosas son dirigidas por todas”

La Biblia: se siguen buscando hackers.



“No está escrito “el hombre”, lo que hubiera implicado sólo al primer hombre, sino el hombre en general, lo que es hombre y mujer que son llamados “Hombre”, lo que está hecho ahora con un nombre completo”.
El Zohar


Un poeta árabe escribió una vez en Al-Andalus un relato, sobre una competición entre los bizantinos y los chinos. Había un premio fabuloso para el ganador. Tenían que pintar cada uno una pared, frente a frente. Colocaron una cortina de separación para que unos no vieran lo que hacían los otros y empezaron a trabajar. Los bizantinos empezaron a mezclar sus colores y hacer sus diseños, pero los chinos no parecían estar preparando pinturas, sino limpiando. Pasado el plazo, cuando se levantó la cortina, los bizantinos habían llevado a cabo un fabuloso fresco, con animales y vegetales pintados con un nivel de detalle como nunca antes se había visto. ¿Y los chinos? Se habían dedicado a pulir la pared hasta dejarla como un espejo que reflejaba el cuadro de los bizantinos y hacía que pareciera mejor. Ganaron. En la relación entre el hombre y el más fundamental de sus textos sagrados, la Biblia, el libro es el espejo y nosotros somos los pintores binzatinos. Al definirla, nos definimos.

Lope de Vega: un sobradito en la Corte.



“¿Qué has hecho tú por mi en tantos años, que me obligue a fingir el amor que te he tenido?”
“La Dorotea”, Lope de Vega (1562-1635)

Cuando se le echa un vistazo al Siglo de Oro español y se piensa que tal vez entonces las cosas no debían ser muy diferentes a cómo son hoy, se pierde romanticismo, pero es mucho más divertido porque hay muchas cosas que suenan familiares. Lope de Vega iba de sobrado. Y lo peor de todo es que tenía con qué. 

Ovidio y los SMS.



“Seas como seas, siempre serás mía;
tú elige solamente si quieres que te ame
también por mi propia voluntad, o forzado”.
Ovidio, (34-17 a.e.c)

En Roma te podías metercon las tablillas de cera en el mismo lío en el que hoy se mete mucha gente con los SMS. Que tú mujer/marido los lea y descubra que las palabras cariñosas y las citas deseadas no tienen nada que ver con ellos. Los esclavos recorrían la ciudad, de arriba abajo, llevando y trayendo esos mensajes. “Y, en cuanto de leer haya acabado,/logra que escriba una respuesta larga/(Odio la cera en blanco, extensa y reluciente)/Que apriete los renglones, que una letra borrosa/entretenga mis ojos en el borde del margen".

Séneca: la coherencia en tiempos difíciles.



“Nada de razón queda donde la pasión ya se ha infundido”
Séneca (4 aec – 65 ec)


Tengo la sospecha de que Séneca tenía algunos serios problemas de carácter, por aquello de que la escritura siempre llena un vacío, el tránsito entre el deseo y su cumplimiento. En otras palabras, por el viejo: “dime de qué presumes y te diré de que careces”. Séneca escribe sobre cómo alcanzar la imperturbabilidad, y como personaje público vive en medio de una época perturbada, la de Calígula y la de Nerón. Quiere llevar una vida guiada por los principios de la razón y de la virtud, y termina metido en medio del irracional y desaforado gobierno de Nerón. Habla de la aceptación del destino que el “logos”, la razón universal, ha determinado para todos, del despego a los bienes materiales, y fue uno de los hombres más ricos de Roma. Pero fue un hombre coherente, y sus obras, aún hoy, son una especie de bálsamo, una guía para navegar por las difíciles aguas de las emociones, escritas por alguien que ya “estuvo allí”. De todos sus tratados morales, el más extenso de todos, en tres libros, es el llamado “Sobre la Ira”: “Más algunos aun encolerizados se frenan y dominan. ¿En qué momento? Cuando ya la ira se desvanece y por ella misma decae, no cuando está en su característica ebullición”. Cuando la ira sólo se disipa, “no se ha aquietado entonces por la benéfica acción de la razón, sino por el sospechoso y tarado armisticio entre las pasiones”.

Chuck Palahniuk: Proyecto Guts


“Inspira.
Coge todo el aire que puedas.
Esta historia debería durar tanto como puedas contener la respiración, y entonces aún un poco más. Así que escucha todo lo rápido que puedas”.
“Haunted” (2005)

Lo llamaremos, “El Proyecto Guts”, y creo que puede ser una buena gamberrada o, al menos, una merecida venganza del lector. Chuck Palahniuk (1962) se hizo famoso con su primera novela “El Club de la Lucha” (1996). En realidad fue la película la que relanzó un libro que había logrado muy buenas críticas y muy pocos lectores en el momento de su primera edición. Pero tanto el libro, como la película (y el escritor), se han convertido en objetos de culto para una generación de ácratas de sofá de Ikea, Wi-fi y e-mail en cadena; y sus hijos. De hecho, la web oficial de Palanhiuk es la más visitada de un escritor en la red, y ha creado una comunidad a la que llaman “El Culto” que, técnicamente, es también el mayor taller literario del ciberespacio. El chico, se quiere.

Antígona: la invención de la mujer perfecta.



“Miramos, según nos lo ordena nuestro abatido dueño, y vimos a la joven en el extremo de la tumba colgada por el cuello, suspendida con un lazo hecho del hilo de su velo, y a él, adherido a ella, rodeándola la cintura de un abrazo, lamentándose por la pérdida de su prometida muerta por las decisiones de su padre, y sus amargas bodas”.
Sófocles, “Antígona”, (-442)

De Sófocles se han conservado siete tragedias completas y, para un autor con tanta lejanía en el tiempo, sabemos bastante. Hay una biografía en la que se cuenta que era el hijo de un rico fabricante de armas, que tuvo una modesta carrera política en Atenas y que lo suyo era el teatro. Ganó 24 certámenes (los griegos habituaban a hacer concursos con sus obras, por eso les quedaban tan bien). Pero no termino de tener claro hasta que punto el político estaba callado mientras el dramaturgo escribía. Lo de inventarse la mujer perfecta es un viejo vicio que viene asociado a la escritura y el arte de contar historias mucho antes de que existieran los griegos. De “Antígona” se ha rescatado el final. El de “Romeo y Julieta” es parecido, el amante que se suicida y el otro amante que se mata al encontrarla muerta. Pero del resto, lo que ha quedado es lo de la resistencia a la tiranía de una mujer solitaria.

Truman Capote: un cronista en el jardín.



P: Si le concedieran uno de sus deseos; ¿cuál elegiría?
R: Despertarme una mañana y sentir que al fin soy una persona madura, vacía de resentimientos, ideas vengativas y otras emociones infantiles e inútiles. En otras palabras, descubrirme a mi mismo como un adulto.
(“Music for Chameleons”, 1980)

Lo de Truman Capote (1924-1984) fue la precocidad. Con 17 años ya era periodista del New Yorker. Con 19, publicó “Other voices, other Rooms” (1948) y más o menos desde ese misma época, la crítica empezó a considerarlo como un genio, un verdadero sucesor de Alan Poe. Y desde entonces, hasta el final de su vida, no dejó de publicar. La suya fue una metódica e inagotable obsesión por escribir, y vertió esa escritura en los formatos más populares del siglo XX; desde el relato corto, hasta el guión cinematográfico, pasando por el musical, el periodismo y el género que mejor cultivó, la novela. “Breakfast at Tiffany’s” (1958) y, sobre todo, la novela de no ficción “In Cold Blood” (1966) lo colocan hasta el día de hoy como uno de esos inevitables que “hay que leer” para ser alguien educado (aunque habría que preguntarse educado en qué).

La sombra de Borges.



“¿Puede un autor crear personajes superiores a él? Yo respondería que no y en esa negación abarcaría lo intelectual y lo moral. Pienso que de nosotros no saldrán criaturas más lúcidas o más nobles que nuestros mejores momentos.”
Jorge Luis Borges, “Otras inquisiciones”, 1952

No se suele hablar bien de María Kodama, la viuda de Jorge Luis Borges (1899-1986). Al menos, no en privado. Se casaron por poderes en 1986, poco antes de la muerte de Borges. Pero su historia se remonta a principios de la década de 1970, cuando Borges ya es un clásico en vida. En 1975 ella pasó a ser su secretaria privada después de ser, durante algún tiempo, una de esas personas que le leían en su casa cuando estaba perdiendo la vista. Alumna, secretaria y segunda esposa después de dejar a la primera. Si se observa el modo en que se escribe sobre Kodama y Borges en las enciclopedias de literatura o, especialmente, en los suplementos de prensa, se apreciará cierta tendencia en la selección cruel de los adjetivos. Se dice, por ejemplo que es la mujer de sus “últimos años”, la de su “senectud”, y se suele tener cierto cuidado en aclarar que la obra importante de Borges finaliza en 1975, que es el año en que ella entra de pleno en su vida. Se la hace responsable, además, de alejarlo de su amigo de toda la vida, Bioy Casares, de que muriera en Ginebra y no en Buenos Aires y, en general, de apartarlo en sus últimos años de todo lo que hacía a Borges, Borges.

Cinco razones para leer a Aristófanes.



Sócrates: ¿Tienes ya algo?
Estrepsíades: : Por Zeus, no tengo nada.
Sócrates: ¿Nada en absoluto?
Estrepsíades: Nada, a no ser el cipote en mi mano derecha.
(“Las Nubes”, Aristófanes, -423)

1. Nos recuerda que siempre hemos sido igual.
Para los que se imaginen a los griegos con una lira y una corona de Laurel, recitando poemas y arrodillándose en la tierra cuando suena un trueno, ayuda a recordar que la mayoría de las cosas con las que nos han aburrido en el colegio y en la universidad no eran muy diferentes hace tres mil años que ahora. A Pericles, el nombre que no falta en cualquier discursito sobre la democracia, le acusaron de meter la mano en la lata en la adjudicación de obras públicas, al darle la licencia de una estatua de Palas Atenea a un amigo. Toda lo que pensamos sobre los “bárbaros” del Oriente procede de un discurso de Pericles que dio para justificar un pequeño robo. Varias ciudades griegas crearon una liga para pelear contra los Persas. Pericles cogió el dinero, se hizo la Acrópolis y luego, cuando le reclamaron las cuentas, se pasó a todos por la piedra con la misma flota que habían pagado. Y dio un discurso contra los Persas que ha pasado a la posteridad y que es, básicamente, donde los griegos se auto-venden como representantes de la Civilización y la Razón.

domingo, 19 de octubre de 2008

Joseph Roth: en el funeral del santo bebedor.


“Porque simplemente era un milagro, y dentro del milagro no hay nada extraño”
La Leyenda del Santo Bebedor (1939)

Una vez asistí a un funeral en que nadie sabía quien era en realidad el muerto. Porque salvo el nombre, Beltrán, todo lo que nos había contado de él, no era él. Aparentaba tener veinticinco o veintiséis años, pero junto al ataúd nos enteramos, de que, si no lo hubiera dejado, haría muy poco que habría salido del instituto. Su padre nos abrazó, uno a uno, a todos esos amigos de su hijo de quien había oído hablar, pero apenas había visto. Era un abrazo apremiante y angustiado. Cuando nos miramos los unos a los otros, nos dimos cuenta de que nos sucedía lo mismo: era la primera vez que estábamos todos juntos. Todos habíamos oído hablar de los otros, pero nunca nos habíamos reunidos a la vez. Así que una decena de extraños nos sentamos alrededor de una mesa para un banquete fúnebre en honor de un amigo, para descubrir que el rocambolesco personaje que Beltrán había creado de sí mismo, lo había compuesto a partir de fragmentos de nuestras propias biografías. Nos mantenía apartados a propósito para que no cruzáramos versiones. Nunca había estudiado arquitectura, nunca se tuvo que ir a Valencia por un problema con un profesor, nunca estrenó una obra de teatro, nunca una mala mujer le partió el corazón. ni una buena le acarició el alma. El que estudiaba arquitectura era el único amigo que le conocía desde la infancia, el único que tenía todas las piezas y del que no habló nunca a nadie. Y el más joven, claro, tenía y aparentaba la edad real de Beltrán. Fue el primero por el que se hizo pasar, pero luego fue haciendo crecer el personaje con detalles y episodios de nuestras biografías. Este primer suplantando fue el que fue desmontando las versiones y verificando lo que todos temíamos, que no había accidente de moto, sino un suicidio, detrás de su muerte. Y mientras se nos iba desencajando el gesto al escuchar quién era en realidad Beltrán, un chaval grandote que bebía demasiado, me dio por pensar en que esa debió ser la cara de los invitados al funeral del austriaco Joseph Roth (1894-1939).
Por alguna parte hay un relato, de lo que sucedió en el cementerio Thiais de París. El funeral se convirtió en una extraña mezcla de judíos y católicos, comunistas y monárquicos. Y lo que todos tenían en común, era el pensar qué Roth, era de los suyos. “Es judío”. “No, es católico”. “Es monárquico”. “Imposible, es un comunista”. Fue todo, y no llego a ser otra cosa que un patriota. Roth escribe: “La patria del escritor, es la lengua”. Y en eso, fue coherente.

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